La democracia en Colombia, una política de lucro

unnamed (2)Hoy en día, desde muy temprana edad están enseñando en los colegios a nuestros niños que la “democracia” es entre tantas, la mejor forma de gobierno porque los ciudadanos mayores tienen el derecho de participar para elegir a sus gobernantes, esto es muy cierto, pero no es menos cierto (en opinión de Dardo Gasparé) que “el mejor sistema político de la historia está infectado por sus peores enemigos, la demagogia, el populismo y la mentira”, estrategias empleadas por todos los políticos y terminan convirtiendo la democracia en el peor sistema político porque a la postre desconoce las necesidades de la sociedad gobernada, en otras palabras, se ha degradado hacia un sistema falto de interés por el bien común.

A lo dicho podemos agregar que en Colombia se practica una política que desdibuja el sentido de la democracia, mínimamente este no es un sistema político protector de los derechos humanos básicos, más  bien se entiende como una política de lucro convertida en un problema social que tiene su causa en la corrupción que contamina al político y a su vez el político contamina al elector, la consecuencia se resume en la acumulación de problemas sociales como lo es el hambre, la violencia, la pobreza extrema, el control del medio ambiente, la violencia, etc., problemas sin resolver y que ahora con el Covid-19 se ve venir el desempleo masivo y con ello más pobreza, más hambre y más violencia.

Lo preocupante de todo esto es que la estructura de la política existente está fundada en la visión de conservar a largo plazo el dominio político en procura del beneficio particular, para asegurar este objetivo los políticos recurren a la financiación de las campañas electorales con aportes de “dineros calientes”, como le llamaban en tiempos no muy lejanos, hoy son más directos y le llaman “narco dinero”; el referente de este mal es la práctica de una política de denegación del servicio social, un claro ejemplo de ello es aquella famosa frase de un político nuestro muy conocido: “no hagamos, ni escuelas ni hospitales, eso no da votos y si deja la carga de la nómina, mejor hagamos estadios para que la juventud se la pase corriendo detrás de a una bola”. Ahí están pintados nuestros políticos pregonando una democracia donde el pueblo haciendo uso de su derecho a elegir entrega el poder político al más habilidoso demagogo (culebrero o ilusionista), populista y embustero que, con promesas imposibles de cumplir consiguen engañar al incauto elector, otros recurren al miedo con amenazas, y, el más grave, es aquel que mata las esperanzas de los electores empujándolos a engrosar la fila de los abstencionistas, esto no debería ser así pero lo es, por la corrupción, mal para el que no se ha conseguido una vacuna para combatirlo. ¿Qué pensaría el filósofo  Aristóteles de la práctica de la política separada de la honestidad? Y Platón, de seguro, se dolería que nuestro sistema político no está fundamentado en el “gobierno del pueblo” sino en el abuso de la clase dirigente.

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